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ARTÍCULO: Disfrutando de una vida abundante


Por Emilio Álvarez Ortega



“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto,
todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre;
si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.
Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced;
y el Dios de paz estará con vosotros”
(Filipenses 4:8,9)

Gran parte de nuestra instrucción cristiana ha girado en torno a conocer la vida de Jesús. La forma más comúnmente escogida para llevar a cabo esta empresa ha sido responder a la clásica pregunta: ¿Cómo fue la vida de Jesús? El resultado de estos esfuerzos, comúnmente ha desembocado en descripciones de sucesos y acontecimientos de Su vida, que si bien nos han permitido saber cosas acerca de Jesucristo, no nos han llevado a conocer cabalmente su persona. Dicho de otro modo, al preguntarnos “¿Cómo fue la vida de Jesús?”, ponemos el énfasis en los hechos de Cristo más que en el Cristo de los hechos.

Una forma más dinámica de conocer la vida de Jesús, está en preguntarse por cuáles fueron los principios de vida que movieron a Jesucristo a vivir como vivió. Es así que pasamos de un “¿Cómo fue la vida de Jesús?” a un “¿Cómo Jesús vivió la vida?”. La importancia de conocer la forma en que Cristo vivió su vida, radica en que Él vivió entre los hombres “… dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 Pedro 2:21).

Si tuviésemos que expresar la forma de vivir de nuestro Señor Jesucristo en unas pocas palabras o en un solo concepto, tendríamos que decir que Él vivió una vida abundante. En su niñez, ya se dejaba ver un crecimiento integral de su persona: “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52). En este versículo, el evangelio nos deja ver todas las dimensiones presentes en la vida de una persona
[1], y a Jesucristo creciendo en cada una de ellas, de forma armónica y disciplinada.

Fue la práctica constante de esta forma de vivir la que llevó a Jesucristo a ser la clase de persona que fue. Ya en su madurez, el mismo Cristo nos expresaría su deseo de enseñarnos a vivir a la manera en que Él vivió: “… yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). La meta máxima de la vida consiste en vivir una vida como la de Jesucristo, pues Él agradó a Dios en todo lo que hizo. ¿Es posible que vivamos una vida así? Claro que si, no hay lugar a dudas. Aquel que supo cómo vivir abundantemente, hoy nos invita a vivir de la misma manera, a través de Él.

La vida abundante está en conocer a Jesús de tal manera de vivir como Él vivió. ¿Y cómo vivió el Hijo de Dios?

I. Jesucristo disfrutó de las maravillas de la vida.

Ciertamente Jesús vivió en estrecha relación con el Padre y el Espíritu Santo, pero también supo disfrutar de la inmensidad y grandeza de la creación del Creador. Jesús sabía que todo cuanto Dios había creado “… era bueno en gran manera…” (Génesis 1:31). Por lo tanto, ninguna de todas las maravillas creadas por Dios fue vista por Jesús como innecesaria o insignificante.

Dios creó una infinita gama de colores, multitud de sabores, diversas texturas, variedad de sonidos, y muchos olores. Ante esto, es necesario que nos preguntemos: ¿Para qué tanto esfuerzo? Al respecto, debemos decir que la multiplicidad de cosas creadas por Dios no solo refleja su infinita imaginación, capacidad creativa y, por que no decirlo, su sentido del humor, sino también el deseo de que podamos elegir de cuales disfrutar.

La vida de Jesucristo nos enseña que lo único que debemos dejar es el pecado, el resto está puesto para nuestro deleite. La cultura, la ciencia, las artes, la recreación, y otras muchas cosas más, están a nuestra completa disposición. Es totalmente legítimo que disfrutemos de ellas. Debemos disfrutar de la vida a la manera de Jesús.

Al respecto, Leslie Thompson, en su obra titulada “Más que maravilloso”, nos dice que “como creyentes tenemos que diferenciar entre lo malo que hacemos cuando abusamos de nuestros cuerpos y el cuerpo en sí mismo. No pecamos porque el cuerpo sea malo, pecamos porque intrínsecamente -en nuestra mente, espíritu, alma y cuerpo- somos pecadores y nos prestamos al mal. El cuerpo es bueno, el mundo es bueno, el sexo es bueno, el matrimonio es bueno -al principio todo fue hecho sin maldad- para ser disfrutado sin mancilla dentro de los marcos perfectos establecidos por Dios” (Thompson; Página 106; 2000).

II. Jesucristo vivió una vida en contacto con otras vidas.

Jesús fue un ser social, y como tal, no solo reprodujo hechos sociales que consistieron en formas de obrar, pensar y sentir, sino que, además, tuvo la intrínseca necesidad humana de pertenecer [2]. Es por esta cualidad, que implica una necesaria relación con otros, que Jesús participó de la construcción social de la vida, de la realidad social.

Jesucristo sabía que la vida se vive en sociedad. El mismísimo Hijo de Dios, al hacerse tan humano como cualquiera de nosotros, aceptó tener una familia y pertenecer a un pueblo. Es más, nuestro Señor participó entusiasta en diferentes actividades sociales. Recordemos aquí su primer milagro, realizado en una boda (Juan 2:1-12), o aquella ocasión en que Jesús se auto-invitó para hospedarse con Zaqueo, jefe de los publicanos (Lucas 19:1-10). Los relatos bíblicos en que vemos a un Cristo rodeado de gentes suman y siguen, es así que, entre otras muchas cosas, fue recibido -en al menos dos oportunidades- como huésped de honor en un banquete (Lucas 5:29; Juan 12:2).

Las actividades de Jesús incluían, por supuesto, un merecido descanso. Y lejos de preocuparse de su exclusivo bienestar, se sabe que reconoció la necesidad de reposo de sus más cercanos colaboradores, pues en una oportunidad les pidió que se apartaran para descansar (Marcos 6:31).

Jesucristo siempre buscó el contacto con otros seres humanos, pues disfrutaba de la compañía de otros.


Notas:

[1] El crecimiento integral que tuvo Jesucristo, le permitió alcanzar la plenitud de la vida. Siguiendo lo expresado en Lucas 2:52, podemos distinguir cuatro dimensiones en el crecimiento de Jesús: 1) Intelectual, pues “… crecía en sabiduría…”; 2) Física, pues crecía “… en estatura…”; 3) Espiritual, pues crecía “… en gracia para con Dios…”; 4) Emocional/Social, pues también crecía en gracia para con “… los hombres…”.
[2]
La necesidad de pertenecer es, resumidamente, aquella característica psico-social que impulsa a las personas a vivir en sociedad.

Bibliografía:

1. Thompson, Leslie (2000): "Más que maravilloso. La inmensurable persona de Dios". LOGOI en coedición con Editorial Unilit, Miami, Florida.